Cadena de favores
Ayer, en un local de ropa para niños, una señora de unos cincuenta años se me acercó y comenzó a contarme sus problemas. Esto me sucede con frecuencia: la gente se abre conmigo y comparte sus historias sin previo aviso. Hablaba con una verbosidad tremenda, como si necesitara liberarse de una gran angustia. Yo la escuchaba atentamente, sin interrumpir, aunque podía anticipar el final de sus frases porque todo era muy obvio. En momentos, mi mente disociaba y me imaginaba qué haría yo en su lugar, qué le diría a esa persona. Incluso fantaseé con tirarle un cenicero a su expareja por la cabeza. Ella parecía disfrutar de nuestra charla, pero sobre todo de su propio monólogo. Hasta que me salió decirle algo "Sarna con gusto no pica". En un momento, las primeras lágrimas de Vero comenzaron a caer y la abracé. Su nombre lo supe al escucharla con la vendedora mientras pagaba con tarjeta. Le comentó que odiaba cuando la llamaban 'Verito', ya que le parecía infantil para una muj...