Cadena de favores
Ayer, en un local de ropa para niños, una señora de unos cincuenta años se me acercó y comenzó a contarme sus problemas. Esto me sucede con frecuencia: la gente se abre conmigo y comparte sus historias sin previo aviso. Hablaba con una verbosidad tremenda, como si necesitara liberarse de una gran angustia. Yo la escuchaba atentamente, sin interrumpir, aunque podía anticipar el final de sus frases porque todo era muy obvio. En momentos, mi mente disociaba y me imaginaba qué haría yo en su lugar, qué le diría a esa persona. Incluso fantaseé con tirarle un cenicero a su expareja por la cabeza. Ella parecía disfrutar de nuestra charla, pero sobre todo de su propio monólogo. Hasta que me salió decirle algo "Sarna con gusto no pica".
En un momento, las primeras lágrimas de Vero comenzaron a caer y la abracé. Su nombre lo supe al escucharla con la vendedora mientras pagaba con tarjeta. Le comentó que odiaba cuando la llamaban 'Verito', ya que le parecía infantil para una mujer de su edad. Personalmente, me parece tierno cómo el paso del tiempo no elimina los apodos cariñosos: Jorgito, Pablito, Marcelita, Verito. Me pareció curioso que se quejara de eso, considerando que su personalidad ya tenía ese toque childish. En ningún momento me permitió intervenir, como si la catarsis hubiera liberado a la niña que alguna vez fue y que anhelaba atención.
Cuando terminó de desahogarse, me miró avergonzada y dijo que no entendía por qué me había contado todo eso. Me pidió disculpas. 'Suele pasarme', le dije sonriendo levemente. 'No te preocupes'. Me quedé callada, sin querer incomodarla. Los silencios pueden ser incómodos pero necesarios.
Me preguntó si era psicóloga y me quedé cortada. Era la segunda vez en una semana que me hacían esa pregunta. La otra vez había sido una promotora que me quiso vender una ampolla de Biferdil para el pelo en la puerta de una perfumería. Le dije que no tenía plata y me la quiso regalar. 'Seguro que mi pelo parece muy deshidratado', le dije con una sonrisa, pero no se rió. Me dijo que era un regalo, nada más. Me pareció un gesto muy noble de su parte. 'Prometo devolverle este favor a alguien que lo necesite', le dije, supongo que para sentirme menos culpable. Y ahí me preguntó si era psicóloga.
'No, docente'
'Las docentes también son un poco psicólogas' me dijo y se fue.
Escuchar un rato a la señora verborrágica ayer haya sido, tal vez, mi pequeño aporte al mundo, no lo sé.
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